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Here is the first story in the book. Enjoy.

DIARIO DE UN CRIMEN MISIONERO

DOMINGO: Milanesas

La lluvia no es tan humillante aquí como lo es en la ciudad; me preocupa sin embargo la vaca. ¿Cuánto puede una vaca humedecerse sin pasarse de agua? Me siento en la galería y miro la verdísima colina y más allá la selva. Es bello el paisaje, desprolijo; yuyitos, bostas. El caballo que amenazó con morderme ayer mastica pasto y en la caseta detrás de la casa principal en la que me encuentro, el casero mastica mandioca.
Me mastican en la nuca. A pesar de tanta mandíbula y diente, todo se encuentra sosegado, en un orden un poco a la que me importe. La silla en la que me siento no fue puesta por alguien, sino que sola se deslizó por el interior de la casa. Lo mismo con la mesa.
Todo resulta casual porque es un poco brasilero, fronterizo: mucha escuela y laisser faire natural. Obliga al relajamiento, convence de que se debe uno ablandar. ¿Pero cómo lograr bajar la guardia si existen aquí personas que se apellidan Kant? Trabajan en la posada unos hermanos que se llaman Cleusa y Valdemar, hermanos a su vez de Neusa y Valdelirio... Heidegger, Wittgenstein, Kierkegaard! ¿Guaraníes alemanes, qué esperar de ellos? Pitufos; rubios indios. Me contaron que en Misiones los crímenes pasionales son frecuentes. Un hombre mató a su amigo de un escopetazo por haber el otro tirádole granos de maíz sobre su cabeza mientras andaban en zulki.
No les relaté bien lo del caballo: ayer me acerqué para tocarlo y se me vino encima a toda carrera con su bocaza abierta rozando mi nariz. Puse reversa y me salvé por un pelo. Ahora cada vez que cruzo el monte hasta mi cabaña siento que va a venir en carrera para dármela duro.

LUNES: Ravioles

Hoy los nuevos huéspedes arribaron en la camioneta. Un matrimonio de Buenos Aires.
Él sacó todo su cuerpo a la galería y lo pavoneó por delante mío sin mirarme ni saludar. Esto se me antojó coherente porque pensó que yo dormía y además, estaba hipnotizado revoleando sus nalgazas orondas. Las aireaba, las paseaba como quien pasea un pichicho. De tanto orto apenas si le miré a la cara. ¡Qué talento para caminar en redondo! Lo hacía con total naturalidad. Y en medio de tanta plasticidad, de pronto, se me enfrió el pescuezo: sobre el rabo de la puerta vi una media cabeza, un ojo más bien, que me miraba. Me tomó un instante comprender esta asomada fronteriza que no tenía nada de casual ni natural: era la nueva huésped, la mujer del lechón de las nalgas caminadoras. ¿Lo hacía a propósito porque no quería despertarme? ¿era una debilidad de carácter, una fealdad de apariencia que ocultaba detrás de la puerta? Pero su ojo me seguía mirando mientras yo le miraba, era incisivo y descarado. Largo, larguísimo rato nos vimos, su ojo y yo, hasta que al fin se ocultó por completo. ¡Su gesto era un ataque! ¡Me atacaba con su media cabeza asomada para darme miedo como un monstruo al que se le ve media facha! Así, su cráneo minúsculo y puntiagudo logró que se volviera brutal y artificiosa la nalga de su marido y que el porche entero se retorciera. Esa cabeza sin cuerpo era una provocación, una astutez que pedía ser cobrada.
El zorrinillo muestra los dientes porque sabe que es presa fácil, es un por si acaso. ¡Qué talentosos que son ambos! Él para las pavoneadas y ella para ser ahorcada. ¡Ahogada! ¡Ahorcada y ahogada! Las dos cosas a la vez. Es talento mío poder reconocer estos talentos en otros, y tan rápidamente. Apenas pestañee y lo supe.

Me fui a dormir la siesta a mi cabaña para reponerme. La vacación: la verdadera vacación en la que uno no hace nada, apenas si se lava los dientes en la mañana es agotadora. La lucha por relajarse es tan exigente que cualquier sobresalto lo tumba a uno a la cama.

MARTES: Tortilla de papas y ensaladas

Hoy hay sol. Desayunamos con tostadas y mermelada casera de duraznos que nos trajo Estela, una gorda rubia alemano-guaraní. No hay manteca, es importante aclararlo porque agrega al que me importe general.

La nueva huésped acata bien su papel de zorrinillo, víctima de un crimen acuático. Luego de la confrontación del primer día, se retrajo a un lugar acuclillado y grisáceo. Comprende su tragedia sui generis y actúa con la adecuada solemnidad. Su pulcritud es estudiada. Es silenciosa y su voz es casi inaudible. Todo lo hace con moderación para no despertar la pasión en otros, pero esta forma de ser me late que es forzada, es un rol que obedece a causa de estar consciente de su talento y de no poder sublevarse contra él.
Su marido en cambio es un monigote, un raviol natural. No veo aún si hay relación entre la naturalidad de él y la complejidad de ella con esto de su "talento de víctima".

Su existencia gris se vuelve aún más gris a causa del verde enmarañado de la selva. Me deprime verla. Mientras, los mosquitos, que son mutaciones feroces, me mastican las piernas.

MIÉRCOLES: Estofado con arroz / flan!

Se es muy feliz aquí, y esto de la felicidad me es un tanto sospechoso; tengo la costumbre de no acostumbrarme, de estar sobre mi, aguzando el oído, alerta, no me gusta eso de andar adormilada. Por eso es que a este estado, que es una gran pastilla, un paraíso terrenal, un relajante muscular, lo sacudo con sospechas, con imperfecciones que me entretengan.

Me levanto a las once, creo. Como duermo con lo que uso durante el día, no tengo necesidad de vestirme, y como el pelo se transformó en un postizo de nylon impenetrable, tampoco lo peino. Lavo mis dientes y ya. Llego a la casa principal, como se dice, recién despertada.

Encontré a mis primas blondas y bellísimas en la galería. Estaban holgazaneando y hablando de cachondeces inmundas. Se habían estado regodeando con un largavistas. Se caldeaban mutuamente y espiaban. "Miramos al nuevo huésped durmiendo desnudo" dijeron. "¿Al Lechón? ¿Cómo se llama?" pregunté. Mi prima F., que es la dueña de la posada, me contesta mientras me pasa el largavistas. "Se llama Enrique Calderón y su mujer es Lourdes Alsina Patrón Costas de Calderón" ¡Lechón del Calderón!

Sus nalgazas desparramadas sobre la cama eran por completo orgánicas y su blandura encajaba con la plasticidad del lugar. Esta naturalidad era de preveer en él. La menor de mis primas había despertado del ensueño; ahora se lanzaba a instigar a su hermana. La arponeaba con ideas mantecosas. La otra continuaba sedada con la silla y los maceteros. Su cuerpo le era prestado y no respondía por él.

- Andá a seducirlo al Lechón - le decía A. a F.
- Sí, además como sos la dueña del lugar, - dije - podés entrar en su cabaña con la excusa de verificar ...
- La decoración - agregó A.

El calor nos derretía parte del cerebro, nos chorreábamos en las sillas.

- Que gordo suculento. Carnaza. Papi.
- Caballazo caníbal. Bananón.
- Abismo peludo, fábula. Torazo, boa. Pitón. Nenote dark.

Era todo muy asqueroso. Pero, ¿y Lourdes? ¿no se festejaba con las carnes del marido? ¿No se metía dentro de sus pliegues para hidratarse?

Bajé a la cascada. Ya la hermosura descabellada del lugar no hace mella, yo sólo imagino el cuerpo tenso y enjuto del zorrino. Al arribar encontré sus sandalias y su toalla sobre la reposera. No había nadie. Alterné entre mirar sus sandalias y a mi alrededor. Varias veces lo hice tratando de comprender cómo era posible que dejara sus cosas de forma casual, tan brasileramente. Entonces la vi, estaba parada detrás de la cascada. Sobre rocas resbaladizas. Me miraba a través de la cortina de agua. ¡Se estaba escondiendo! ¡Qué bien comprendía su posición! Nos miramos sabiendo que, si bien no podríamos saber si de verdad estábamos siendo vistas una a la otra mirar, estábamos mirándonos. Entonces nos vimos largo rato. Como muero de frío en la sombra no pude meterme al agua para amenazarla. ¡Qué gran escondite había elegido la presa!

Todos aquí tienen pasta de asesinos, en especial Valdemar, que anda todo el día con machete en mano. Es difícil, sin embargo, que ocurra algo porque el zorrinillo rehuye de contacto y no se presta a polémicas, menos aún a tirarle maíz en la cabeza a alguien. De modo que preparo la situación de otra forma: sazono, influyo en su victimización con pensamientos que la condicionen. Sólo aquí el sólo pensamiento influye tanto como la acción: porque hay escasez de verbo, y como pasa casi nada la abstracción cobra vida. No es extraño que lo sobrenatural sea aquí papilla de todos los días.
Pensarán que mi maldad es cuestionable. Pero tengan piedad de mi, que no es mi culpa, es el terreno, la tierra roja, enrarecida. Yo también soy víctima, soy manipulada por el calor. Sin más, las mariposas aquí chupan la sal de nuestros pies con la avidez de un político chupasangres. Todo en este lugar es desmedido. ¿Comprenden? No tengo otra alternativa más que pensar en la muerte de esta pobre mujer.

Esa noche comimos todos juntos: mis primas F. y A.; Klemens, el marido austríaco de A.; los huéspedes de Mar del Plata, Rulo y Nora; el texano, Patrick Trevor; los huéspedes uruguayos Arturo Berger y su novia María Emilia Pla; Lourdes; Lechón y yo. En la cocina, Cleusa prepara la comida; Estela nos la trae, y Valdemar nos mira desde el mostrador mientras masticamos y sorbemos como animales. Las palabrotas que dijimos del Lechón parecían haberle llegado por ósmosis. Estaba ablandado a tal punto que en vez de hablar, balbuceaba; ponderaba el pan, el postre, las plantas. Intentaba hablar inglés con Patrick; estaba tan inflado que por poco no explota sobre nuestras caras. En cambio, su mujer estaba cada vez más rígida, como si su carne supiese que su talento era demasiado bueno para que durara ella con vida por mucho más tiempo. Se entumecía progresivamente por el terror.

"¿Conocen el cuento del violador de Gral. Sarmiento?" dije para ver si podía quebrarle. Lo conté exagerando las partes escabrosas. Después pasamos a hablar del asesinato del country. Patrick, al enterarse del tema de la charla, de inmediato nos tapó la boca con unos relatos sórdidos archiamericanos con los que no podíamos competir de ninguna forma, así que me puse a inventar un cuentito acerca del "dentista", alias el "ratón Perez". "La historia transcurrió en Villa Devoto en los años setentas", dije, "fue un hombre, empleado de la empresa de panes Fargo, que desdentó a nueve mujeres con un utensilio que se había robado del hospital Udaondo; después las ahogaba en una tinaja, metía a la fuerza sus cabezas en una especie de pelela".

Mi cuento apabulló a los blandos porque era un cuento nacional, tenía cercanía geográfica, además estaba lo de la pelela que era muy impertinente. Quebré las ramas verdes pero a ella no logré alterarla - peor, ¡no me había estado escuchando! Se había convertido en una viga de hierro oxidada. Entonces cuando ya habíamos agotado el tema, Valdemar, que nos miraba como un búho y con sonrisa de gato, nos dice que aquí la gente se tirotea sin reparo a la ley. "Se andan matando así sin importarles nada. El otro día uno de la reserva mató al tío, de borracho nomás." ¡Éxito! Un cuentito de asesinato simple y cercano a nosotros; aquí a pocos kilómetros y hace unos pocos días. Esto debía impresionarla, aterrorizarla. Pero no, se sentaba impertérrita en su silla; bebía agua de manera moderada, no le temblaba la mano y sus pies debajo de la mesa estaban apoyados sobre el suelo, paralelos e inmóviles. Entonces me aburrí. Se me subió a la cabeza una abulia descomunal de las que dejan gusto a acondicionador de cabello en el paladar, ¿qué, no quiere seguir el juego? ¡Muy bien! Me paré y me retiré para caer al sillón. No hay caso con insistir, su talento era harto resistente, no mostraba la hilacha. Porque para que ocurra un asesinato acuático, la víctima primero debe dejar entrever vulnerabilidad, segundo, debe encaminarse hacia el malecón y tercero, debe poder ser aterrorizada correctamente; y ella no daba el brazo a torcer.

Ya me había dado por vencida cuando ocurrió. Lourdes se paró y le dijo a su marido: "Voy a dormir." Él dijo: "Nos vemos en la cabaña." Ella le contestó: "Pedí que me traigan leña porque ayer no tuve agua caliente. Hasta mañana." Nosotros dijimos: "Hasta mañana, Lourdes."
La insolencia de quejarse frente a la dueña de modo indirecto era un cachetazo con el revés de la mano. Lo comprendí de inmediato: el error. Su muerte no era por asfixia sino por golpe. Un masazo fatal en la cabeza. Las cláusulas le cabían con más jugosa exactitud. Primero: la víctima es en exceso inviolable. Segundo: atraviesa sola un descampado lleno de obstáculos a oscuras. Tercero: es sorprendida sin necesidad de ser aterrorizada.
Sólo cabía esperar.

JUEVES: Canelones

Releo "Viaje al centro de la tierra" de Jules Vernes. Nora, la marplatense, se cepilla en la galería. Su cabello está cada vez más esponjoso y electrizado. Me sumo en la lectura. Hoy la felicidad casi consiguió ablandarme por completo.

DOMINGO: Milanesas

Comí, leí. Siesta.

Me desperté desasosegada por una pesadilla en la que debía seducir a una vieja para que me devuelva mis pertenencias. Vuelvo a mis andanzas, recaigo en estas trivialidades porque son las únicas que me permito, por ser inmorales; superficilidades de gnomo.
Veamos: Rulo es petiso y tiene cara de histérico, podría pegarle el golpe al zorrinillo; imaginemos que discute con Nora porque le irrita que siempre ande cepillándose y no recurra a su llamado de hombre; furioso sale de su cabaña y se topa con Lourdes, que como se sabe, gusta de pasear de noche. Nadie los ve, entonces Rulo trata de tomarla por la cintura, no, por el sexo, él borracho, ella le pone un cachetazo, él le devuelve un golpe sobre la sien con su vaso de caiphirinha. Difícil.

Valdemar y su hijo son apasionados; podrían violentarse. El misionero no necesita razones rebuscadas para cometer un crimen. Con que ella los mire con su ojo fronterizo, como hizo conmigo, bastaría para que cobrara de forma mortal.

A Patrick le gustan los deportes extremos. Verlo con medias y zapatillas causa escozor y fatiga... eso sólo ya es sospechosísimo.

Me desperté para encontrar a un mosquito gigante comiéndome la pierna. Creo reconocerlo, está henchido con mi sangre de otros días. Lo aplasto satisfactoriamente y revientan sus tripas sobre mi muslo.

LUNES: Ravioles

Hoy llovió en cubos, en bloques, todo en el llover era cuadrado. Por la tarde se inclinó el ángulo formando lluvias trapezoides, luego romboidales. Tengo la sensación de que la chacra entera se desenraizó y se trasladó en círculos a una dimensión más húmeda.
Estamos todos juntos en la galería, apiñados. Lechón juega al ajedrez con el uruguayo Arturo Berger; mientras Berger piensa su jugada, el otro camina en redondo. Lechón está animado, por momentos aplaude al tiempo que cierra los ojos y prensa su labios. Este "tic" elaborado antecede a alguna frase fabulosa que vocifera proclamando, del estilo de: "¡Panes caseros, Dios! ¡Escuela Rural!"
-¡Toquemos la guitarra, la guitarra nacional!- dijo después de empatada la partida.
Mi prima F. le sigue la corriente por ser anfitriona.
- ¿Querés tocar la guitarra, Enrique?
- ¡Una peña folklórica!
- Desfiladero, gargantas - digo. Nada. Todos se están acostumbrando al sin sentido del Lechón. Caos. Nora sacó su cepillo de la cartera.
- ¿Lourdes, mi amor? - grita Lechón de pronto.
La otra se asoma por el rabo de la puerta. Le gusta esconderse dentro de la casa.
- Mi amor, vení. ¿Qué hacés?
La otra no contesta pero da a entender que no está haciendo nada, se oculta.
Lechón se vuelve a dispersar, resopla y se recuesta. - ¡Perfecto! - dice.

Dejó de llover por la noche, justo antes de que nos sirvieran la comida. María Emilia, la novia de Berger, al ver cesar la lluvia aplaudió y dijo en un tono igual al que usa Lechón: "¡Vamos todavía! Estrellas y sol."
María Emilia Pla copia el estilo de Enrique, el Lechón, aunque nadie parece notarlo.

A. se lo llevó a su marido afiebrado a la cabaña aprovechando que ya no llovía.
- Klemens está enfermo - dijo A. al volver.
- ¿No va a comer nada? - dijimos.
- No tiene hambre. Le cae mal este clima; tuvo frío a la noche, tenía la ropa húmeda.
Nora se cepillaba la crin. Cepilla de un lado, del otro; dice:
- ¡Pobre Klemen! ¿Necesita alguna medicación? Nosotros trajimos botiquín.
- Yo tengo Novalgina - dijo María Emilia Pla.
- Bueno, les aviso. Gracias - dijo A.

Comimos. Nos enteramos de que Rulo y Nora tienen una fábrica de muebles. María Emilia Pla es terapeuta, se especializa en niños con problemas motrices. Su cara es afásica, y el pelo le cae como cortina de voile como a la actriz de telenovelas, Grecia Colmenares. Arturo Berger está contento porque el perrito de María Emilia ganó un concurso. A Patrick Trevor le encanta la comida, trata de decírselo a Valdemar: "Pan, bueno. Pasta, muy bueno." A. y yo escuchamos y tratamos de participar en la conversación porque F. nos tiene amenazadas; hay que prestarle atención a los huéspedes, hablar sólo de cosas sensatas y agradables, ayudar a F. en la tarea de agasajar.
Lechón estuvo bastante callado esta noche. Después del "¡Perfecto!" que soltó a la tarde, no se le escuchó decir mucho más. Su silencio nos pesa. "Hay peleas en la pareja" contó Cleusa acerca del zorrino y el lechón. Suena a fábula, aunque es cierto que su no hablar es forzado, parece ofendido. Noto también que tratar de conversar de forma natural sin Lechón como mediador archinatural es difícil. Todo cuanto decimos se vuelve cada vez más sensato. En un punto la conversación comienza a rallar con la Sensatez extrema. Dolorosamente nos vemos a las caras mientras atravesamos el umbral inferior de la comunicación: comenzamos a repetir textualmente lo que otros acaban de decir. Es la charla Pobre y Regurgitada. Nadie sabe cómo escapar, y como A., F. y yo debemos agasajar, seguimos la corriente, anestesiadas. Lourdes batió su propio record, no dijo ni una sola palabra desde el momento en que se sentó hasta que se levantó de la mesa, como siempre, antes que el resto.
Al terminar el postre, todos se diseminaron por la galería para distenderse. Lechón resopló, prendió un habano y soltó un rugido - que es parecido a conquistar un territorio clavando una bandera -; ¿se adueñaba del lugar, de la situación, de su mujer? De algo se adueñaba. Vi a Lourdes deslizarse por las escaleras de la casa hasta su cabaña.
No llevaba linterna. Cruzó el descampado lleno de hormigueros y se perdió en la oscuridad.

Me batí al scrabble con María Emilia Pla y la hice Puré.

JUEVES: Canelones

El lechón del Calderón es carne para la barbarie. En los últimos dos días volvió a su liderazgo natural. Ha provocado la caída del grupo en la monigotada: decir algo y de corolario adornarlo con una monigotada; una ridiculez que estropea todo el valor de lo antedicho. Enrique nos empuja con su estilo de salón, y nosotros ya empezamos a imitarlo en secreto. Le copiamos los gestos como un tic involuntario. A veces a alguien se le escapa una imitación Enriquetista pésima y erizante frente al resto - una bomba fétida y filosa como un látigo -, entonces se vuelve doloroso observarnos, además, es humillante porque nos vemos mutuamente caer a contrapelo en el disfrute de estos tics. Después de María Emilia, el segundo en caer en el Enriquetismo cayó de bruces con una monigotada suprema y falsa como sus dientes hechos por el Dr. Cechi: Arturo Berger, señorcito tibio y uruguayo. Luego de servirse más ensalada de repollo y zanahorias mandó pelar un rugido igual al de Enrique, que le salió sin esfuerzo y repentinamente. Casi al mismo momento en que lo escupió, lo sofocó. Pero se oyó claro y todos a la mesa nos quedamos en silencio por un rato largo y extenuante.
Luego de este primer exabrupto embarazoso comenzamos a caer desbarrancados en el copiar al Lechón. Confieso que no puedo evitar hacer las mismas muecas que él hace cuando me habla. Su cara se estira, se estruja, sus ojos saltan, se ensanchan, se esconden, su nariz se retuerce, y mientras tanto dice cosas como: "El mercado virtual está vivo, yo soy un Lanata virtual. Hoy estoy; mañana no sé. Habanos; un whiskey; cordero asado; una rutina, ¡una costumbre argentina!"
- Un lechón, qué rico, ¿no? - digo cualquier cosa y mi cara se retoba. No puedo evitarlo.
- ¡Pan con manteca! - Me corrije y golpea la mesa con su puño; vocifera -: el domingo, todos a los saltos del Moconá. ¡No me falles Rulito! Patri... [ck] goin to saltos of Moconá on Sunday!

- Enrique es popular porque es a la vez accesible e incongruente - le digo a A. y F. -, cautiva porque su speech es demagogo, se hace al que tiene contacto especial con su Dasein, pero en el fondo creo que tiene complejo de no ser lo suficiente; desconfío de su naturalidad...
- Enrique es un imbécil. El chancho es siempre líder - dice A. mientras se hace las uñas.
- Es popular porque tiene el culo más grande - dice F. lentamente - hace unos años, el policía con más poder era el que tenía los bigotes más grandes. Lo mismo con el culo y el huésped. El huésped más popular es el que tiene la gran pocha.
- ¿Hay un esquema de roles en el mundillo de los huéspedes? ¿El huésped deja de ser individuo para transformarse en huésped? - le pregunto.
F. asiente, sabe de lo que habla.
- Acá no hay individuos, yo por ejemplo, en presencia de huéspedes, dejo de ser Fresia para ser anfitriona.
- ¿Qué tipo de huésped es Lourdes? - pregunto.
F. cavila:
- Es huésped mártir.
- Es huésped víctima de un crimen - agrego.
- ¿Hay un huésped asesino? - pregunta A.
- Rulo - dice F. despues de pensarlo -, es de escorpio.
- Yo digo Patrick Trevor - dice A.
- Yo creo que Lechón es a la vez huésped popular y huésped asesino.
- ¡Klemens! Klemens es huésped asesino - dice F. riendo.
- Muy débil - dice A. entre dientes.

VIERNES: Guiso de lentejas

El lunes vuelvo a Buenos Aires después de dos semanas. Aprovecho para relajarme aún más, me vuelvo bondad pura, me sumo en la contemplación. Fui con A. y F. al río Paraíso. Klemens hace reposo.
Cerca de la orilla encontramos una mariposa morpho menelaus, del orden de las lepidópteras, de la familia de las nymphalidae, subfamilia de las morphinae; de color azul metálico iridiscente. Mediría unos diez centímetros o más. A. quiso echarle insecticida. Con F. luchamos para evitarlo. A. quería llevársela para ponerla en una caja. A la fuerza tratamos de quitarle el tubo rociador de la mano, con argumentos ecológicos tratamos de disuadirla. En el fondo, la muerte de la morpho azul me daba lástima como la muerte de cualquier ser. Ven lo buena que soy, qué bondad me lleva, qué sentimiento. Había que salvar al insecto a toda costa. ¡Pero cómo se resistía A.!

SÁBADO: Tartas

Es admirable A., el egoísmo puro que le invade; es la inconsciencia más viva que ví en mucho tiempo. Casi dejo que la matara.
Tempestad. No me atrevo a salir de mi cabaña así que como un poco de pan. ¡Pan sin manteca! Me desligo al fin del Lechón y del Zorrino y de todos mis pensamientos patéticos. ¡Qué despropósito, cuánta desilución! Me recuesto sobre mi cama resignada a la placidez.

DOMINGO:

A la madrugada, el hijo del casero encontró a una mujer caída con la cabeza sobre una bosta.

Fuimos levantados en medio de una gran fresca, por eso es que yo no acostumbro a pasearme por la mañana. Alborozo en la casa principal. Los huéspedes, mis primas, los caseros, sus hijos. De lejos se figuraba como una reunión de consorcio donde todos son evangelistas. Me dio mala espina.

A. se adelantó corriendo para decírmelo: "¡Se murió Lourdes!"

Gran consternación general y particular. Confusióm, álbum.
No había señal de radio, no había forma de llamar a nadie. "El camino está difícil para usar la camioneta", dijo Cleusa.

A mi prima F. le parecía que Cleusa estaba poniendo trabas al asunto y se pusieron a discutir. Se decidió mandar a Valdemar corriendo hasta el pueblo que está a quince kilómentros. Nora también corría, lo hacía de un lado a otro. Se abrió paso con su botiquín para atender a Enrique Calderón que estaba arrebatado, furioso, excitado, tenía el puño ensangrentado por haber dado un puñetazo contra la pared. Patrick lo había sentado a la fuerza en el sofá para que no le agarrase un ataque de cólera, de resoplar como un animal; era terrorífico verlo.

-¿Dónde está el cuerpo? - pregunto incrédula pero con el pecho erizado de frío. María Emilia Pla me lleva adentro de la casa deslizándose como un molusco. Veo que todos se retuercen en poses reverenciales, se contornean en sus lugares con las cabezas acalambradas hacia un costado como pinchados en las costillas por una aguja de vudu.
Atravezamos pasillos, las paredes de caña y madera húmeda de cachi.

En el cuartito de planchado estaba el cuerpo. Lo habían recostado sobre la cama entre una pila de sábanas y habían prendido un ventilador de plástico cerca de sus pies. Las moscas igual aterrizaban aceleradas sobre sus piernas y brazos, y sobre su cara cubierta parcialmente por una toalla; le lamían y perforaban la piel. (La mosca defeca todo el contenido de su abdómen en el momento abrupto del aterrizaje). El cuarto huele a fruta, a melón con jamón puestos al sol, a prosciutto con higo, a gallina, a cebo. Blando fatal, natural. ¡Qué sosiego tenía ese cuerpo! ¡Qué fláccidas estaban sus rodillas! Deshuesada, pálida como el verde de hospital público. ¿Quieren más? Mitad de su cara estaba cubierta. "¿Qué tiene en la cara?" pregunté. "Un golpe". Por supuesto que un golpe. Veámosla. ¿Morbo? No, me creí que era un médico forense; morbo profesional. Por poco saco de mi uniforme una planilla y unos guantes. "Veamos su cara." Descubro la toalla con cuidado y miro, pero no entiendo lo que veo. Es tanto más repugnante de lo que esperaba que creo solté un grito. Pla se contorsiona en un rincón entre la tabla de planchado y unos estantes con sifones, palanganas y detergentes. El párpado está levantado y el ojo, - aquel ojo mirador -, partido al medio y chorreando una leche viscoza entre gelatina, granos y filamentos. Está vivo, es un volcán que ebulle. El golpe se extiende sobre su sien machacada, el cráneo quebrado, hundido. Parece ser un sólo golpe, el corte en el ojo es una continuación de la hendidura del cráneo. Digo lo que pienso, mi reporte médico, pero la otra había huído. Yo también escapo a toda velocidad y aterrizo en la galería como una mosca.

Rulo se me acerca y me habla bien cerca casi rozando mi oreja. No entiendo lo que me dice, ni una sola palabra, desconozco su intención, su ánimo, jamás había visto un comportamiento igual. Lo cierto es que no comprendo el comportamiento de nadie, los veo ya como bolos amorfos que se mueven dentro de un decorado. El reborde de sus figuras están fuera de foco, sus voces inaudibles. De pronto ya ni siquiera los percibo, aunque tengo el recuerdo de que allí están y por lógica calculo que aún siguen ahí. Imagino lo mejor que puedo lo que está ocurriendo: Enrique Calderón lanza un alarido junto con el papagayo de Valdemar, al mismo tiempo, el mismo grito. Nora se peina con tanta fuerza que se le desmecha la cabellera, junta sus pelos en una bola y se los pone a Enrique sobre los nudillos verdes y óseos. El lechón está adobado, un cerdo comedor de bellotas ardiente en su sazón; confitado, acaramelado y puesto sobre las brasas; rojo y de pronto carbón, incendiado; chilla y gime. Levanta su dedo de cochino rostizado y da la orden de que hagamos algo allí en un rincón, que lo hagamos, Ahora.
El resto obedece y se apilan unos arriba de otros. Alguien se me acerca, creo que es Rulo, me habla con enojo. Entonces creo comprender lo que pasa, se está formando una montaña humana en la galería y yo no soy parte de ella, lo que significa que soy culpable, yo la criminal, por que si no lo fuera, iría adonde está el resto y me apilaría con ellos. Pero no puedo moverme porque estoy sorda y ciega, y mis gritos se ahogan debajo del techo de lata y parra.

De pronto veo a F. sentada en el borde de mi cama húmeda.

- Dormí un rato - me pide.

Le hago caso. Cuando despierto es la tarde y A. está sentada en el lugar de F. hablándome:

- Y justo habíamos dicho que era huésped víctima. Muy freaky.
Después dice: -Acaba de llegar la policía en una camioneta todo terreno. Nadie se puede ir de la Posada hasta que no descubran qué pasó.
- Pero, nosotras nos vamos mañana.
- No, hasta que no se sepa no se puede ir nadie. Están buscando el arma.
- ¿El arma?
- Creen que le pegaron intencionalmente porque la sangre está sólo en el lugar donde la encontraron. Y estaba tirada cerca del puente, ahí no hay nada tan filoso.
- ¡Fue el caballo! ¡Fui yo, yo le mandé al caballo!
- ¡Callate! No grites.
A. me tapa la boca con una almohada. La policía, dos ayudantes de comisario guaraníes, - unos cuises desganados -, pasan husmeando por delante de mi ventana.
A. me susurra: - El caballo está en otro lote. Valdemar lo movió hace unos días porque hacía quilombo, mordía.
- ¡La maté por ósmosis! No vamos a poder irnos... estamos atrapadas, además son todos muy aburridos. Es un infierno, cara a cara con esta gente por quien sabe cuánto más. ¿Te das cuenta del peligro?

Sí, se daba cuenta. O no, estaba mirando algo fijo, pensé que cavilaba.
- Tengo hambre - dijo, y se fue.

Calculo los días desde que Lourdes llegó, la mataron en la noche número trece. Es interesante. Yo no la maté, lo aclaro por si me incriminan; la gente no miente en sus diarios privados. Así que ya saben.

Dejo que los dos sabuesos del comisario revisen mi cabaña. No hablan, huelen. Cuando llego a la casa después del shock inicial veo de lejos en la galería a Nora peinándose la pela. Es hora del té. María Emilia me cuenta que el comisario está interrogando a Klemens en la cocina. "Van a interrogarnos uno a uno". María Emilia cree que yo soy su compinche.

Estamos todos sentados en la galería como en un consultorio sin revistas. No comimos en todo el día. Una, dos horas.

Nora: ¿Qué tanto pueden estar preguntándole a Klemen? Qué va a saber si estuvo enfermo.
Ma. Emilia: ¿Dónde está Enrique?
Berger: ¿Dónde está el americano?

No sabemos, no contestamos. Veo que el peine está sobre la mesa descansando; yo lo tomo y empiezo a peinarla a Nora. Me sorprendo a mí misma. La peino como si fuese peluquera y ésta mi última noche con vida. De pronto empiezo a peinarla a contrapelo, delicadamente le provoco unos nudos finos e imposibles; ella no se da cuenta, se deja, creo incluso que le gusta. Pero su placer me provoca un asco demencial, como en el sueño en el que debía seducir a una vieja; entonces mi mano se violenta y termino por hincarle el peine profundamente dentro de un nudo. Su pelo se acalambra, se abotona, trato pero no puedo de retirar el peine que está atorado en la pelambre. Ella chilla desesperada. Yo intento liberarlo. Entonces sucede que me insulta verbalmente, incluídas mi madre y hermana.

Así cruzamos al otro lado, después de dos semanas de ser extraños, de casi ni mirarnos a la cara, de pronto de un momento a otro nos atacamos y nos insultamos. Rulo me toma de la muñeca y María Emilia le clava a él su manicura francesa en el brazo mientras grita: "¡Bruto!" Del dolor, Rulo cae encima nuestro y el tibio de Arturo Berger finalmente se lanza sobre Rulo. Un bollo humano en el que yo soy la base.

Nos disgregamos como si nada hubiera ocurrido. Miro la vaca pastar, no se entera de nada, ¿es una verdadera vaca o se hace a la vaca?

De pronto sale el comisario nariz de águila a la galería e informa:

- Que pase el siguiente -, y lee de un papel -: Nora Gabriela Galán.

Sale Klemens del interrogatorio y va directo a su cabaña. Ese es un muerto andando. Lo vemos irse por el monte tambaleando. Klemens es idéntico a una foto vieja de Toulouse Lautrec, no tiene nada que hacer aquí y sin embargo, si uno lo ubica dentro de un follaje denso, es el que mejor se camuflaría, por lo verde de su cara. A. se olvidó de su marido por completo, por consiguiente, todo el resto también hizo caso omiso de su presencia, por demás, escurridiza. No nos importa si está a punto de convalecer con fiebre amarilla. Lo único que nos importa es...

... comer. ¿Puede ser que no nos importe nada? ¿Que realmente todo nos chifle veinte chilotes?
Pusimos nuestras personalidades sobre el catre húmedo de la selva a merced de los mosquitos chupasangres, y ahora que uno de nosotros cayó, que caiga el resto no tiene importancia porque, ¿vieron que la muerte no era tan grave? ¿y el cuerpo, y el ojo del zorrino siguen en el cuarto de planchado? ¿Me importa acaso? A nadie le importa porque los guaraníes alemanes se encargan de todo con una naturalidad casi líquida. Es un poco el laisser faire naturel que nos invade a nosotros, los principiantes, que nos deja como bolas de pan amasadas.

Nuestras piernas tienen ronchas de mosquitos, las de ellos no, están acostumbradas al veneno.

De a poco fueron pasando todos por la cocina. Creo que al final el comisario estaba cansado, los despachaba con más rapidez y sus preguntas se volvían obvias y superficiales. "¿Qué hizo la noche del sábado?" "Nada" contestaba la mayoría. Luego permanecían en silencio. Una india sentada en un banquito de cocina los ojeaba.

Cuando me tocó el turno de entrar, el comisario se presentó como Nietszche; naturalmente, no titubeó porque, al fin y al cabo, era su nombre. Igual, creí que me estaba gastando una sutil y me reí. Al instante caí en la cuenta de que no bromeaba; este hombre de aspecto guaraní llevaba el nombre del filósofo alemán, y hasta podría ser incluso su descendiente. El comisario Nietszche, de nariz aguileña, pelo claro y tez morena era tanto más real que el otro, de quien sólo quedan sus obras, que lograba hacer añicos la existencia del filósofo. Era como si la totalidad del Nietszche actual de carne y hueso se sentara sobre la nada del Nietszche célebre y abstracto, y lo amasijara, y toda sus obra, leída y digerida, se convirtiera en un latón de tomates vacía y aplastada por un coche.
La matrona indiaza y vieja era su madre. Cruzaba los brazos sobre sus pechos, que le caían sobre los demás pliegues fabulosos de su abdómen y vientre. Era el Watson de Nietszche, el oráculo. No les interesaban mis respuestas, me escrutinaban. Al cabo de un rato, la india dice algo en su dialecto como una canilla reseca que escupe burbujas de agua y aire a borbotones intermitentes; se puso a escupir frases como si estuviese en trance.

- ¿Qué es lo que dice? - le pregunto al comisario.
- Dice que 'tuviste ojeada con el mal de ojo.
- ¿Quién me ojeó?
- La muerta.
- ¿Y eso es muy malo? -; yo procuraba no desesperar.

A la india le rechinaba la cañería de su tráquea y escupía más burbujas. El comisario apoyaba su mejilla sobre la palma de su mano y me miraba con la cabeza ladeada. Conocía muy bien esa expresión suya, era la misma que me habían dado las maestras en el colegio cuando descubrieron que me había mandado una tremenda y no sabían si expulsarme o dejármela pasar sin castigo. Es a causa de mi cara angelical. Tenía impunidad ese rostro mío y yo lo aprovechaba como a una máscara detrás de la cual operaba el capo del crimen escolar organizado - como el ladrón de bancos que usa la careta del ratón Mickey. Cuando me dilucidaron después de muchos años fue como si encontraran el retrato de Dorian Grey en el altillo.
Yo comencé a sentir el frío de la culpa subirme por los pies.

- ¿Es malo estar ojeada por un muerto? - repetí para acentuar mi inocencia.
La india eructó sus últimas palabras; Nietszche me tradujo:

- Dice que te defendiste. ¿Sos media bruja vos?
- ¡No, yo no soy bruja! Ni siquiera sabía que estaba ojeada.

Se quedaron en silencio cavilando como si tuviesen que esgrimir una ley nueva donde ni la ética ni la moral entran en juego. Al cabo de unos minutos de fruncir el ceño, el comisario me dio la señal de que podía irme. Me retiré con el rabo entre las patas.

Cuando salí a la galería era de noche. La mesa no estaba puesta para la cena. ¿Dónde estaban todos? Bajé las escaleras y caminé por el monte a tientas. ¿Yo, una bruja? ¿Ojeada por la muerta? Confieso que me dio escalofríos el veredicto de la india, pero en el fondo no podía tomarlo en serio. Lo único que me importaba ahora aparte de comer, era encontrar al grupo para poder aliviarme en su sensatez y arrepollarme en el aburrimiento colectivo. Comencé a desesperar por estar en compañía de Nora y María Emilia, por escucharlo al Lechón, por jugar al ajedrez con Berger. ¡Acaso se habían escapado sin mí! ¿Dormían? Pero si todavía no habían comido. El desayuno, el almuerzo, el té y la cena daban estructura al caos que subyacía. Era el hilo del collar de bolillas, sin el cual éstas se desbandarían repiqueteando por doquier. Cuántas bolillas encontramos ahogadas debajo de la almohada del sillón después de años de buscarlas, y todo por no haber almorzado o por saltearse la cena. (?)

No había nadie en las cabañas, sólo Klemens tendido sobre la cama; jadeaba en la penumbra. Me acerco hasta él y prendo la lámpara según me indica su brazo languideciente. La luz le daba de perfil, su nariz antigua se recortaba del fondo. Era un alga a punto de despegarse de su roca, como Flaubert en su lecho de muerte.

- Klemens, no te ves nada bien. Me parece que habría que llevarte a un hospital.
- Tengo tanto, mucho frío - dijo, y se puso a toser.
Estaba pasado de agua como la vaca en el monte. Le dí dos toallas y se las pasó por el cuerpo mientras temblaba.
- ¿Dónde está Ágata?
- Nos vamos a divorciar.
- ¿Por qué? ¿Qué pasó?
- No está enamorada de mí, no sabe lo que quiere.

Klemens y A. se acababan de casar, tan sólo hace tres meses. Él le llevaba a ella catorce años. Ahora que lo miraba bien podía ver el parecido que tenía él con la mariposa morphomenelaus. Ella lo había cazado y puesto en una caja de vidrio. Ahora ya se le había pasado la novedad y se disponía a buscar nuevas presas para su colección. Ojalá hubiera podido advertirle.

- Voy a buscar a Fresia, a vos te tienen que llevar a Buenos Aires urgente.
- Escuché que bajaron a la cascada.
- Ahora vuelvo, Klemens. Dormí un rato si podés. ¿Tenés hambre?

Klemens se debilitaba a pasos agigantados, no pudo contestar, así que se negó con su dedo de pianista.

Una luna llena iluminaba los peldaños de piedra y madera; recaía su reflejo sobre las hojas y el muzgo que cubría los árboles. Ví cómo centelleaba el rocío prematuro y se convertía en una miríada de cristales refractados dispuestos sobre un cuenco profundo de selva negra a donde yo penetraba como Axel en su viaje al centro de la tierra. Me deslizaba sin tomarme de la baranda con la gracia y la naturalidad de una criatura primordial; descendía aún más y me transformaba en un semidios con cuerpo de pantera; y por último, cuando alcancé la base, me convertí en la Pachamama, arribando en lo profundo de su jardín. La cascada se desbordaba con demencia y bajo el rigor lunar. El estrépito del golpe continuo y sin fin ahogaba todo el espacio sonoro, lo saturaba con su furia.
Los vi como figurines ennegrecidos al borde de la olla; aquello era un aquelarre. En mi condición de entidad superior no pude comprender de inmediato sus vicisitudes; más bien, no entendí qué sucedía. Lechón arriba del texano; Nora delante de Berger; Rulo en diagonal, sobre Lechón; A. parada delante de F.; María Emilia dentro de la olla con el agua por la cintura. No se movían.

- ¿Qué hacen? - pregunté.

De pronto se destrabaron las piezas centrales - Patrick Trevor, Lechón y Rulo -, como si se diera manija a un mecanismo de relojería. ¡Estaban forcejeando! La fuerza que hacían los había dejado inmóviles por un momento; ahora se desprendían. Lechón ahorcaba al americano. El resto permitía que así ocurriese, incluso Rulo le ayudaba haciendo de palanca sobre las piernas.
Gritaban pero apenas los escuchaba. Era mejor estar en la cocina con la india.

En la casa:

- Se escapaba, comisario.

Habían sentado al americano sobre un banquillo. Rulo continúa hablando:

- No vamos a tolerar que este extranjero nos tome el pelo. Está muy claro, ¿no? digo, me parece, la mató a Lourdes y ahora se escapa. - y al comisario -: ¿Por qué no lo hace confesar? Creo que hablo por todos... ¡haga que confiese, el hijo de puta!

El comisario cenaba pastel de papas que le había preparado Cleusa. Valdemar también comía.

Nietszche (entre bocados): ¿Quién lo encontró?
Lechón: Yo lo encontré.
Nietszche: ¿Dónde?
Lechón: Al borde del arroyo, abajo.
Nietszche (tomándose su tiempo): ¿Cómo pasó? ¿Lo andaba buscando usté, o andaba por ahí?
Lechón: Paseaba, andaba solo, pensando. Lo ví desde la cascada, cargaba agua en su cantimplora. Se escapaba, jefe. Cuando me vio salió corriendo, así que lo seguí y lo agarré.
Nietszche: ¿Y después?
Lechón: Lo trajimos para acá.
Nietszche: ¿Quiénes?
Lechón: Todos.
Nietszche: ¿No es que andaba solo usté?
Lechón: Sí, pero bajaron y entre todos lo subimos.
Nietszche (al resto): ¿Por qué bajaron ustedes?
Nora: Nos avisó María Emilia.
Nietszche (a María Emilia): ¿Y a usté quién le avisó?
María Emilia: Yo estaba abajo. Subí a buscar ayuda.
Nietszche: ¿También lo vio escapándose?
María Emilia: Sí, estaba agachado llenando su cantimplora y después salió corriendo cuando lo vio a Enrique...
Nietszche: ¿Estaba con el señor Enrique en la cascada entonces?
María Emilia: Sí... no, estabamos cada uno en lo suyo...
Nietszche (riendo): Solos pero juntos.

Berger miró a su mujer con tibieza y desconfianza. María Emilia no le pudo sostener la mirada y se alejó hacia un rincón húmedo de la casa. El Lechón mentía, pero al menos hablaba sin tanta pompa folklórica; se le olía el miedo a que lo descubra el comisario en su mentirita adolescente, estaba sumiso y aplicado como cerdo con manzanita en boca.

Rulo: ¿Por qué no lo interroga al sospechoso, comisario? ¡El tipo se escapaba!
Nietszche: De a poco, tranquilo.

El comisario terminaba su último bocado. Cleusa le pregunta si quiere postre. Un poco, dice. ¿Que hay? Torta de manzanas.
Nos moríamos de hambre. Se nos aguaba la boca. F. se mete en la cocina y habla con Cleusa.

Algo aún más terrible estaba ocurriendo que el asesinato: por orden del comisario Cleusa no debía prepararnos la cena. F. no tenía ningún control sobre la situación; el eslabón de conexión entre los pitufos guaraníes y el maso burgués se había quebrado por completo.

- El que quiera comer que salga a cazar vizcacha al monte - dijo Nietsche.
- ¿Por qué? ¿Qué hicimos? - pregunté angustiada.
- No se le debe dar de comer a un asesino, y como no sabemos quien es, no se le da de comer a nadie - me contestó el muy concha.

El grupo entero cundió en pánico. Revoloteaban como gallinetas en celo. Excepto yo, F. y el americano.
Patrick Trevor no se defendía de las acusaciones porque creo no comprendía que lo acusaban de asesinato. Cuando le expliqué la situación, comprobé que así era, el tipo estaba decidido a bordear el arroyo hacia el sur con tal de escapar, porque sospechaba que había habido un brote de fiebre amarilla.

Le creí; incluso traté de defenderlo. Me convertí de pronto en su abogado. ¿Por qué nadie le había explicado al acusado de qué lo acusaban? ¿Por qué A. o F. no lo habían hecho?
"Fiaca." dijo A. Su apatía era Majestuosa, L'Apathie Royale.
F. estaba exhausta, además su cuerpo funcionaba con la lentitud de un gusano de seda. Debía agasajar en su condición de anfitriona, no podía llevar la contraria ni discutir con los huéspedes si la mayoría de estos se complotaban en contra de una u otra cosa. La suya era una Apathie Democratique.
Pronto, a nadie más le importó Patrick Trevor, se habían metido en la cocina a desmantelarla. Cuando acabaron por descubrir que no había un sólo alimento comestible salvo una papa cruda y un poco de mermelada, - fíjense cómo en las cocinas rurales el milagro de la cena abundante antecede a una cocina aparentemente desprovista de alimentos - desistieron y se desbandaron hacia las cabañas. Yo también me retiré como ellos, mártires, novicias ayunadas y hienas hambrientas.
Confiamos en que se va a resolver en la mañana.

LUNES

Me despierto con la esperanza que da el tener el estómago rugiendo de hambre. Voy corriendo hacia la casa principal y descubro con horror las caras verdes de mis compatriotas.

- Hoy tampoco - me dice Nora.
La mejor idea es dar lástima. El pelearse con los guaraníes no dio resultado, además agregaron cuatro vigilantes con pistolas.
Nos transformamos en mendigos perfectos. No hablamos entre nosotros. Pronto nos lanzamos a competir por la pose más lastimosa. María Emilia cree que lo hace bien: lleva la cabeza ladeada y se para junto a la puerta de la galería, así se la ve desde la cocina. A. está desfallecida, sudorosa y con la frente amarillenta. Rulo se mantiene aguerrido al lado de Nora y el Lechón como un bullpitt. Berger está celosísimo de él, y es tal su hambre que se comió su código de etiqueta.
- Enrique, tu si necesitas algo dime a mí, ta, porque hay algunos que... mucha guardia pero cuando queman las papas, salen rajando. Seguro, bo. El pescuezo te lo salvo yo, ta... yo que tú, no me andaría tan confiado...
Rulo le pegó una trompada a Berger en el estómago vacío. El resto miramos. No tiene importancia. María Emilia no dejó de ladear su cabeza, apenas arqueó las cejas.
El Lechón tiene los cachetes como dos bloques de arcilla fresca a punto de caerles de su cara. Hay una sospecha de que le dieron de comer en secreto.

Diez horas más tarde y nadie confiesa. Son unos perfectos imbéciles. De pronto Berger balbucea algo, y todos creemos que tenemos una confesión. - Chocolate, tengo un chocolate y un whiskey. Dos botellas. Me olvidé.
Se para y lo repite más claro. De inmediato todos se lanzaron desesperados. Lechón comandaba al grupo abrazado a Berger como si fuese su compadre de la niñez. A Berger le brillaba la cara de excitación. Lechón decía furioso:
- ¡Arre, arre, a lo de Arturito! ¡El Willy Wonka argentino!
- ¡Willy Wonka! - repetieron los otros. A. y F. también corrían, pero más dignas, parecían muertas.

Con parsimonia Nietszche terminó de comer su tarta de manzanas y se levantó como para irse. Terminaba la sesión investigativa de hoy y no había habido ningún avance. Parecía como si no les importase nuestra salud.

- ¿No les importa que no hayamos comido en todo el día? - dije - ¿Que quizá mañana tampoco comamos? ¿Que muramos de hambre? ¡De fiebre amarilla!

Estela sale con una porción de pastel de papa que tenía guardado debajo de la pollera, quien sabe, y se lo lleva a Klemens. Cleusa le indica la cabaña.

- Hay que enterrar a la muerta - dice Valdemar.
- ¿Por qué no va a llamar al viudo? - me ordena Nietszche.
- ¡Vaya usted a llamarlo! - me salía espuma por la boca - inútil - agregué entre dientes -. Además, hay que llevarlo a Klemens a un hospital porque tiene fiebre amarilla. ¡Avisen al conductor del camión para que nos venga a buscar!
- Hasta que no hable el que mató a la señora Patrón no se van a poder ir a ningún lau - dijo Nietszche.
- ¿Nos van a tener sin comida hasta que no se confiese el asesino? ¿Ese es su plan? ¿No es más fácil descubrir quien lo hizo?
¡Es un método... estúpido y cruel, es demoníaco! ¿Y si el que la mató prefiere morir de hambre a que lo encierren? Entonces, nos morimos todos. ¡Es ridículo!

¡Se reían de mí! Les juro, Valdemar se sonreía con su bocaza de gato reidor.

En la desesperación, me puse a elucubrar sobre el asesinato, debía descifrarlo y salvarnos. Sintetizando: no era ni una coincidencia, ni una ironía que la talentosa haya muerto como yo lo había predicho, era más bien lógica pura extraída de un análisis de comportamiento. El zorrino era desconfiado, me atacó con su ojo porque sospechaba que yo le era una posible amenaza. Se sentía amenazada por alguien, quien creyó equivocadamente era yo; esa amenaza, que bien podía ser real y lo fue, pudo también concretarse, lo cual también sucedió. Hubo una especie de Ley de Murphy que se llevó a cabo con la suerte de la víctima. Ahora, la amenaza, si sigo con esta lógica, es una mujer. ¿Tenía dinero el zorrino? ¿Estaba metida con la mafia? ¿Un amante el Lechón? ¿Alguien con quien él había planeado encontrarse aquí a hurtadillas? ¿Era la tibia mujer de Berger? El "juntos pero solos" del comisario era una ironía entonces. La mentirita adolescente del Lechón correspondía con mi teoría.

- ¡María Emilia Pla y Enrique Calderón son amantes! - grité desaforada - ¿No hay ahí motivo para investigar? Sabía que el marido venía a encontrarse con alguien y creyó que esa persona era yo. Usted dijo "juntos pero solos", ¿no es eso una obvia ironía?
- Cada uno a lo suyo, niña.

Que cosa bella y poderosa es la furia. Las moléculas de agua del cuerpo se arman como un océano oscuro y peligroso de donde uno surge encaramado al tope de una ola inmensa. Montada la ola, es al mismo tiempo vertiginoso y abrumador, extasiante; termina luego por dominar y enceguecer el radio de acción por cuestión de unos segundos o minutos. Hay quienes son adictos a la gran ola de la furia; por más que se les explique que deben controlarla con su raciocinio, ellos manifiestan no poder hacerlo por una cuestión de adicción involuntaria y hasta saludable. La verdad es que no pueden controlarse porque no quieren bajarse, le han tomado cariño.
Lo mío fue, estoy casi segura, una oleada primeriza. Rompí jarrones contra la pared. Una mujer Bukowski se hubiese contentado con esto, yo no. Los jarrones no se rompían porque la pared era de madera. Había que romper la pared. Romper la pared. Buscar un objeto y destrozar. Mi ojo en llamas sabía más que mi mente, fue automático: me abalancé hacia una máscara africana sobre una repisa del fondo y golpeé, perforé; abrí un hueco en esa pared húmeda. Liberé un nuevo orificio por donde poder respirar.
Esa máscara era verdaderamente dura, ni siquiera se astilló. Ellos me miraban con toda naturalidad, en me laissant faire.

Visité a Klemens y a su pastel. Me habló en alemán. Lamento decir que no sé lo que dijo. Había comido a medias...

... yo lo ayudé a terminarlo. ¡No lo iba a comer de todas formas!

Me escapé de costado como un cangrejo por si A. me veía. Seguían en "lo de Berger" embadurnándose las caras con pasta de cacao.

MARTES

Anoche tuve el siguiente sueño: Caminaba por el monte a oscuras, tanteando el terreno, cuando de pronto me ataca un hombre negro, un diplomático de Ghana, quien yo sabía se llamaba Bright Gómez. Nos golpeamos las cabezas como dos cabras monteses.
Del golpe desperté.

Ojalá pudiese describir el cielo de hoy como un lecho gris y abismal; era en vez, torrido y celeste con desvergüenza. Así no se puede, este no es un escenario digno de una trama detectivesca, es más bien, el telón de fondo para una masacre sin sentido. Nos imagino desahuciados con las ropas desgarradas y tierra roja bajo las uñas. Ya ni lavo mis dientes. Salgo de la cabaña como si saliese de una cucha.

Me imaginé, cuando llegué a la galería de la casa, que para el almuerzo nos comíamos a Lechón. No estaría nada mal. Yo lo comería, ¿usted no? Le comería la nalga. Acaso él no es un poco responsable, si no del todo, de su mujer. Por culpa de su muerte debemos quedarnos aquí a morir bajo el cielo fundiente.

Encuentro a Nietzsche al tope de la escalera con su escopeta de caño corto en su mano; me dice: - Buenos días. Sabe que le hicimos caso y trasladamos al enfermo.
- Cada uno a lo suyo - le digo.
Se sonríe. Está de un humor espléndido.

Me siento en la galería, una, dos horas. ¿Dónde están todos? Es quizá menos digno necesitar compañía en la desesperación. Es como volverle la espalda al noble espíritu individualista de la época, para caer de rodillas ante los demás. Y aunque soy un poco burguesófoba, no soy una inglesa imperialista, y prefiero abdicar al singularísimo trono para obtener una gran mamada de un otro cualquiera, quien sea. Corrí a la cabaña de María Emilia y Berger.

Supuse más o menos bien. Estaban ahí; dormían tirados por el piso y despechugados. Se habían mamado con alcohol. Berger era un tibio, sediento de aprobación, que en su caso es lo mismo a ser un generoso derrochador; había donado sus dos botellas de Chivas Regal. Patrick Trevor también se había mamado con el resto, tirado incluso con A. recostada sobre su muslo.

- Vamos a morir acá con este cielo tan hermoso - dijo Nora cabeceando.

Berger dormía sentado con su cabeza sobre la falda de Lechón, lo mismo que María Emilia. El viudo se emborracha en vez de enterrar a su mujer; mientras, todos le siguen y aplauden, y caen desmoronados sobre su falda.

Esa tarde me entregué. Dije: "Tomé la máscara africana y corrí hasta alcanzar a Lourdes en el monte. Le partí la cabeza. Ella me irritaba, no me dejaba descansar, aunque, no creí que moriría."

Nietszche, como si nada, aceptó mi confesión y mandó llamar la camioneta para que me busque. Pedí que llevara al resto de inmediato al aeropuerto o al hospital más cercano: "tienen fiebre amarilla y además están mamados." Nietszche se rió. La situación le divertía, yo le divertía.

La falta de reconocimiento por mi acto altruísta casi hace que me desdiga de mi brillante confesión. Comencé por tartamudear sin freno. Subí a la camioneta sintiéndome una comadreja. Cuando salimos al camino de salida pude ver por el recuadro de una ventana al hijo del casero mascando algo no identificado. Estaba sentado de perfil cuando giró para verme. Largo rato me miró mientras nos alejábamos a duras penas por el camino empinado lleno de barro, pozos y rocas. Después, como si nada pudiese cambiar su ánimo, se giró de nuevo y continuó mascando; la mirada absorta en la nada. Más adelante ví cómo talaban árboles de palo santo para hacer leña; no hay cabida aquí para el sentimiento ecológico. Tampoco es natural el heroísmo, más bien, causa risa. El conductor silbaba y más allá una vaca se rascaba el lomo contra la corteza de una Bastardiopsis densiflora. Me hierve la sangre.